La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Tampoco le repetiré, amadísimo hijo, lo que debe saber desde hace ya mucho tiempo: que de los treinta y cuatro lugareños empleados en la excavación emprendida por el conde Mosca —a quienes, según pretende la Raversi, usted habría pagado para que le ayudaran a cometer el crimen—, treinta y dos estaban en el fondo de su zanja, entregados a su trabajo, cuando usted tomó el cuchillo de caza y lo empleó, en defensa de su vida, contra el hombre que le había atacado de improviso. Dos de ellos, que estaban fuera de la zanja, gritaron a los demás: «¡Que asesinan a Monseñor!». Basta ese grito para demostrar paladinamente su inocencia. Pues bien, el fiscal general Rassi pretende que esos dos hombres han desaparecido; y aún más: se ha interrogado a ocho de los hombres que estaban en el fondo de la zanja; en su primera declaración, seis reconocieron haber oído el grito «¡Que asesinan a Monseñor!». He sabido por vías indirectas, que en el quinto interrogatorio, que tuvo lugar ayer por la noche, cinco de ellos han declarado que no se acuerdan bien de si ese grito lo habían oído ellos o si había sido alguno de sus compañeros quien les había contado que lo había oído él. Ya he dado órdenes para que se me haga saber dónde viven esos obreros; sus párrocos les harán comprender que si, a cambio de unos escudos, consienten en deformar la verdad, se condenarán.