La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Todo este asunto no es sino una maquinación para conseguir un cambio de ministerio. Si lo condenan a usted, y ello serÃa a trabajos forzados o a muerte, intervendré desde la cátedra arzobispal para declarar que sé que es inocente, que únicamente ha defendido su vida contra un maleante y que, además, yo le he prohibido que volviera a Parma mientras sus enemigos tengan tanto poder. También me propongo censurar, como se merece, al fiscal general; el odio que suscita este hombre es tan general como rara la estima que pueda suscitar su carácter. El caso es que la vÃspera del dÃa en que ese fiscal dicte tan injusta orden de detención, la duquesa Sanseverina abandonará la ciudad y quizá también los estados de Parma. Ante tal contingencia, no cabe dudar que el conde presentará su dimisión. Lo más probable es que acceda entonces al ministerio el general Fabio Conti y se consume el triunfo de la marquesa Raversi. Lo peor de este caso suyo es que nadie verdaderamente competente se ha encargado de dirigir una investigación que arroje verdadera luz sobre su inocencia y desarme las maniobras de soborno de testigos. El conde piensa que ha desempeñado ese papel, pero es demasiado importante como para descender a ciertos detalles; además, en su calidad de ministro de PolicÃa, se ha visto obligado a dictar, en un primer momento, las órdenes más severas contra usted. Por último —¿me atreveré a formularlo?—, nuestro soberano y señor cree que usted es culpable o, por lo menos, finge creerlo, y concurre con alguna insidia al caso.