La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Los términos correspondientes a nuestro soberano y señor y a finge creerlo estaban en griego, y Fabricio sintió un infinito agradecimiento de que el arzobispo se hubiera atrevido a escribirlos. Cortó con una navaja aquella línea de su carta y la destruyó allí mismo.
Fabricio tuvo que interrumpir una veintena de veces la lectura de esta carta. Lo agitaban arrebatos del agradecimiento más sincero. La contestó inmediatamente con otra de ocho páginas. De vez en cuando, tenía que levantar la cabeza para que las lágrimas no cayesen sobre el papel. Al día siguiente, en el momento de sellar la carta, le pareció demasiado mundana. «La voy a escribir en latín —se dijo—; le parecerá más apropiada al digno arzobispo». Pero cuando estaba tratando de construir bellas y largas frases latinas, a imitación de Cicerón, se acordó de que en cierta ocasión en que el arzobispo le hablaba de Napoleón lo llamaba afectadamente Buonaparte. Al instante, se le disipó toda la emotividad que el día anterior lo conmovió hasta hacerle llorar. «¡Ay, rey de Italia —exclamó en su interior—, la fidelidad que tantos te juraban mientras vivías yo te la tendré también después de tu muerte! Es verdad que me quiere, pero porque soy un del Dongo y él no es más que hijo de un burgués». Y, para que no se perdiera su hermosa carta en italiano, hizo los cambios pertinentes y se la dirigió al conde Mosca.