La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma En Nápoles, sobre todo en los últimos tiempos, Fabricio se había relacionado con mujeres que, orgullosas de su rango, de su belleza y de la posición que ocupaban en el mundo los adoradores que por él, por Fabricio, habían abandonado, habían pretendido dominarlo. En cuanto Fabricio se había dado cuenta de ello, habla roto con ellas del modo más escandaloso y rápido. «Ahora bien —se decía—, si alguna vez me dejo llevar por el placer, indudablemente intensísimo, de encontrarme a gusto con esa hermosa mujer a quien el mundo conoce como duquesa Sanseverina, seré como aquel francés atolondrado que un día mató a la gallina de los huevos de oro. La duquesa es la única persona a quien tengo que agradecer haber sentido en algún momento la felicidad de la ternura de sentimientos. Mi amistad con ella es mi vida. ¿Qué sería yo sin ella? Un pobre exiliado condenado a vegetar penosamente en un castillo destartalado de los alrededores de Novara. Aún recuerdo que, cuando llegaban las lluvias de otoño, tenía que dormir con el paraguas abierto encima de la cama. Montaba los caballos del encargado, que se avenía a ello por mi sangre azul (por mi posición social), aunque mi estancia allí empezaba a parecerle demasiado larga. Mi padre me había asignado una pensión de mil doscientos francos y pensaba que se estaba condenando por dar de comer a un jacobino. Mi pobre madre y mis hermanas, con una generosidad que me rompía el corazón, se privaban de comprarse ropa para ellas para que yo pudiera hacerles algún regalito a mis amantes. Por otra parte, mi miseria empezaba a ser notada y hubiera acabado inspirando piedad en los nobles jóvenes de los alrededores. Tarde o temprano, algún estúpido habría demostrado su desprecio por el jacobino pobre y fracasado que era yo a los ojos de aquella gente, y me habría visto obligado a asestar o recibir alguna estocada, lo que me habría llevado a la fortaleza de Fenestrelles o, en último término, a refugiarme en Suiza con aquella pensión de mil doscientos francos. Gracias a la duquesa tengo la dicha de haberme librado de todas esas desgracias. Es ella, además, quien siente por mí la amistad arrebatada que debería sentir yo por ella.