La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Por aquellos días, semejante prodigio de belleza se había sometido al encanto de las enormes patillas y la desmedida insolencia del joven conde M***, hasta el punto de no rebelarse siquiera ante sus celos terribles. Fabricio había visto al conde por las calles de Bolonia y le había llamado la atención el aire de superioridad con que andaba por el centro de la calzada y dejaba ver las gracias de su figura. Aquel joven era muy rico, creía que todo le estaba permitido, y como sus prepotente le habían valido más de una amenaza, apenas se dejaba ver si no era rodeado de ocho o diez buli (matones), vestidos de librea, que había hecho venir de sus dominios en los alrededores de Brescia. Coincidiendo, más o menos, con el momento en que Fabricio oyó por casualidad a Fausta, había cruzado la mirada con la del terrible conde en una o dos ocasiones; la angélica dulzura de aquella voz le asombró; le pareció inimaginable; le produjo una sensación de suprema felicidad, que contrastaba intensamente con la placidez de la vida que llevaba él. «Será, por fin, el amor» —dio en pensar—. Movido por la curiosidad que le causaba dicho sentimiento y divertido con la idea de desafiar a aquel conde M***, que tenía una cara más terrible que la del tambor mayor más pintado, nuestro héroe se dedicó puerilmente a pasar una y otra vez por delante del palacio Tanari, que el conde M*** había alquilado para Fausta.