La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Picado con ello, Fabricio los siguió al día siguiente. En vano el buen Ludovico le hizo patéticas advertencias. Fabricio lo envió a paseo. Y como también Ludovico era valiente, le admiró por ello; además, aquel viaje lo acercaba a la guapa amante que tenía en Casal-Maggiore. Con la intermediación de Ludovico, entraron en casa del señor Bossi, en calidad de criados, ocho o diez antiguos soldados de los regimientos de Napoleón. «Siempre que no vea ni al ministro de Policía, conde Mosca, ni a la duquesa —se dijo Fabricio cuando se embarcó en la locura de seguir a Fausta— no pongo en peligro a nadie más que a mí. Luego, le diré a mi tía que iba en busca del amor, eso tan hermoso que jamás he encontrado. Lo cierto es que pienso en Fausta, hasta cuando no la veo… ¿De qué me habré enamorado yo, del recuerdo de su voz o de su persona?» Como ya no pensaba en la carrera eclesiástica, Fabricio se había dejado crecer unos bigotes y unas patillas casi tan terribles como los del conde M***, lo que lo enmascaraba un poco. No estableció su cuartel general en Parma, que hubiera sido demasiado imprudente, sino en un pueblo de los alrededores, en los bosques, en la carretera de Sacca, el pueblo en que estaba el castillo de su tía. Siguiendo el consejo de Ludovico, dijo en aquel pueblo que era el ayuda de cámara de un gran señor inglés, muy original, que gastaba cien mil francos al año en el placer de la caza, y que llegaría al poco tiempo del lago de Como, donde se había quedado pescando truchas. El conde M*** había alquilado un bonito palacio para la bella Fausta, que, por fortuna, estaba en las afueras de Parma, en la zona sur de la ciudad, precisamente en la salida hacia Sacca, y las ventanas de Fausta daban a las hermosas avenidas de grandes árboles que se extienden bajo la alta torre de la ciudadela. A Fabricio no lo conocía nadie en aquel barrio desértico. Inmediatamente hizo seguir al conde M***, y un día que éste acababa de salir de la casa de la admirable cantante, tuvo la audacia de dejarse ver en la calle a plena luz del día. Bien es verdad que montaba un excelente caballo e iba bien armado. Unos músicos de esos que en Italia tocan por las calles y que a veces son excelentes se acercaron a tocar sus contrabajos bajo las ventanas de Fausta y, tras un preludio, entonaron, bastante bien, una cantata en su honor. Fausta se acercó a la ventana, y pudo ver muy bien a un joven muy educado que estaba parado a caballo en medio de la calle y que primero la saludó y luego le lanzó unas miradas nada equívocas. A pesar de la ropa exageradamente inglesa que llevaba Fabricio, reconoció enseguida al autor de las cartas apasionadas que habían causado su marcha de Bolonia. «Debe ser un hombre singular —se dijo—, me parece que voy a enamorarme. Tengo cien luises, así que puedo plantar a ese terrible conde M***, que ni es listo, ni capaz de sorprender, y que no tiene de divertido nada más que la cara feroz de sus hombres».


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