La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Al día siguiente, Fabricio, que se había enterado de que Fausta iba todos los días a misa de once al centro, a la misma iglesia de San Juan en que estaba enterrado su tío bisabuelo el arzobispo Ascanio del Dongo, tuvo el atrevimiento de seguirla. Ludovico le había procurado una hermosa peluca inglesa de un vivo color rojo. A propósito del color de aquel pelo postizo, tan rojo como las llamas que ardían en su corazón, hizo un soneto que a Fausta le pareció encantador; una mano misteriosa se encargó de dejarlo encima de su piano. Estas escaramuzas se prolongaron durante ocho días, y Fabricio pensó que, pese a sus maniobras de todo tipo, no hacía ningún progreso sustancial; Fausta se negaba a recibirlo. Él exageraba la originalidad; más tarde, ella comentó que él le inspiraba miedo. A Fabricio no le animaba a seguir en ello más que la vaga esperanza de llegar a sentir lo que se ha dado en llamar amor, pero buena parte del tiempo se aburría.