La Cartuja de Parma

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—Vayámonos, señor —le repetía Ludovico—, usted no está enamorado en absoluto; yo le veo una flema y un sentido común desesperantes. Además, no avanza usted nada. Aunque sólo sea por el puntillo, larguémonos. Ya iba a marcharse Fabricio en el primer momento de irritación, cuando se enteró de que Fausta iba a cantar en casa de la duquesa Sanseverina. «A lo mejor esa voz sublime termina de inflamarme el corazón», se dijo, y tuvo la temeridad de introducirse disfrazado en aquel palacio donde todo el mundo lo conocía. Júzguese la emoción de la duquesa cuando precisamente al final del concierto reparó en un hombre con librea de cazador, de pie, junto a la puerta del salón grande, cuya planta le recordaba a alguien. Buscó al conde Mosca, quien sólo entonces le informó de la insigne locura, verdaderamente increíble, de Fabricio. Al conde el asunto no le había parecido mal. Aquel amor por una mujer que no fuera la duquesa le complacía mucho. El conde, que al margen de la política era un perfecto caballero enamorado, obraba según el principio de que él no podía ser feliz si no lo era también la duquesa.






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