La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Lo salvaré de sà mismo —le dijo a su amiga—. ¡ImagÃnese la alegrÃa de nuestros enemigos si lo arrestaran en este palacio! Pero tengo aquà a más de cien hombres fieles; por eso habÃa mandado que le pidieran a usted las llaves del depósito grande de agua. Se comporta como si estuviera locamente enamorado de Fausta, aunque por ahora no ha podido quitársela al conde M***, que proporciona a esa loca una vida de reina.
El rostro de la duquesa reveló un dolor vivÃsimo. Asà que Fabricio no era más que un libertino absolutamente incapaz de un sentimiento tierno y serio.
—¡Y no venir a vernos! ¡Eso es algo que nunca podré perdonarle! —dijo finalmente—. ¡A mà que le escribo todos los dÃas a Bolonia!
—Pues yo valoro mucho su contención —replicó el conde—, no ha querido que su trastada nos comprometiera y será divertido oÃrsela contar.
Fausta era demasiado alocada como para callar lo que la tenÃa tan interesada. Al dÃa siguiente del concierto, en el que con la mirada habÃa dirigido toda su actuación al joven alto vestido de cazador, le habló al conde M*** de un desconocido muy atento.
—¿Dónde lo ve usted? —preguntó furioso el conde.
—En la calle, en la iglesia —contestó desconcertada Fausta.