La Cartuja de Parma

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Y enseguida quiso reparar su imprudencia o, al menos, desviar la atención de todo lo que pudiera recordar a Fabricio. Se lanzó a describir minuciosamente a un joven alto, pelirrojo, de ojos azules; un inglés, sin duda, muy rico y muy torpe; o, quizá, un príncipe. Cuando oyó esto último, el conde M***, que no brillaba por su perspicacia, dio en figurarse —cosa deliciosa para su vanidad— que el tal rival no era otro que el príncipe heredero de Parma. Aquel pobre joven melancólico, custodiado por cinco o seis ayos, ayudantes de ayo, preceptores, etcétera, etcétera, que no lo dejaban salir sin celebrar previamente consejo, no dejaba de lanzar extrañas miradas a cualquier mujer aceptable a la que le permitieran acercarse. En el concierto de la duquesa, dado su rango, lo habían colocado en un sillón aislado, delante de todos los demás asistentes, a unos tres pasos de la bella Fausta, y sus miradas habían desazonado soberanamente al conde M***. Aquel extravío de vanidad exquisita, tener como rival a un príncipe, hizo mucha gracia a Fausta, que disfrutó confirmándola con cientos de detalles ingenuamente apuntados.

—¿Es tan antigua su familia —le preguntaba al conde— como la de ese chico, la de los Farnesio?

—¿Qué dice usted? ¡Tan antigua! ¡En mi familia no ha habido el menor rastro de bastardía[25]!


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