La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Quiso el azar que el conde M*** no llegara nunca a ver claramente a su pretendido rival, lo que le confirmó en su pretenciosa idea de que tenía a un príncipe como antagonista. Efectivamente, cuando los intereses de su empresa amorosa no reclamaban su presencia en Parma, Fabricio se quedaba en los bosques de la zona de Sacca y de la ribera del Po. El conde M*** se mostraba mucho más orgulloso, pero también mucho más prudente desde que se creía en la tesitura de disputarle el corazón de Fausta a un príncipe. Le rogó firmemente que pusiera el mayor recato en todas sus acciones. Tras haberse arrojado a sus pies, como amante celoso y apasionado, le explicó muy claramente que empeñaba su honor en que no fuera engañada por el joven príncipe.

—Permítame que le diga que si yo lo amara, él no me engañaría a mí, que no he visto en mi vida a un príncipe a mis pies.

—Si usted consiente —siguió diciendo él, con mirada altanera—, es probable que yo no pueda tomar venganza de un príncipe, pero tenga usted la seguridad de que una venganza tomaré.

Y salió cerrando la puerta violentamente. Si Fabricio hubiera estado entonces allí, habría ganado la partida.


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