La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Aquel hombre, que muchas grandes monarquías hubieran envidiado al príncipe de Parma, sólo tenía una pasión: relacionarse íntimamente con grandes personajes y complacerles con sus bufonerías. Poco le importaba que el poderoso se riera de las cosas que él dijese, o de su propia persona, o que hiciera bromas insoportables sobre la señora Rassi; con tal de verlo reír y de que lo tratara a él con familiaridad ya estaba contento. Algunas veces, el príncipe, cuando ya no se le ocurría cómo seguir abusando de la dignidad de este juez supremo, lo pateaba, y cuando las patadas le hacían daño, se ponía a llorar. El instinto de bufón era tan intenso en él, que no había día en que no acabara por preferir el salón de cualquier ministro que lo escarneciera al suyo propio, donde reinaba despóticamente sobre todos los togados del país. En realidad, Rassi se había fabricado una posición aparte, de tal manera que incluso al noble más insolente le resultara imposible humillarlo, pues su manera de vengarse de las injurias que soportaba a lo largo de todo el día era contárselas al príncipe, ante quien se había granjeado el privilegio de poder decirle todo; aunque muy a menudo la respuesta fuera una bofetada bien dada que le hacia daño, aunque nunca lo confesara. Este juez supremo distraía con su presencia al príncipe cuando éste estaba de mal humor, entonces se divertía ultrajándolo. Como puede verse, era el perfecto cortesano; ni tenía honor ni manifestaba mal genio.