La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Está bien, se lo concedo —respondió ella sonriendo, y dirigiéndose a Baldi con un gesto bastante desdeñoso—: TranquilÃcese, no tendrá que irse.
—Gracias —exclamó éste con una voz que le salÃa del corazón.
Riscara tomó solo la silla de posta. Apenas llevaba dos dÃas en Bolonia, cuando vio a Fabricio en una calesa con la pequeña Marietta. «Demonio —se dijo—, no parece que se aburra nuestro futuro arzobispo; la duquesa tiene que enterarse de esto, la encantará». No tuvo Riscara más que seguir a Fabricio para enterarse de dónde vivÃa. Al dÃa siguiente por la mañana, un correo le llevaba a Fabricio la carta elaborada en Génova. Aunque le pareció un poco corta, no le inspiró la menor sospecha. La idea de volver a ver a la duquesa y al conde le volvÃa loco de alegrÃa y, pese a las advertencias de Ludovico, tomó un caballo de posta y partió al galope. Sin que él lo advirtiera, lo seguÃa a poca distancia el caballero Riscara, quien al llegar a la última posta antes de Castelnovo, a seis millas de Parma, tuvo el placer de ver un gran arremolinamiento de gente en la plaza delante de la cárcel local. Acababan de llevar allà a nuestro héroe que, cuando cambiaba de caballo en la posta, habÃa sido reconocido por dos de los policÃas que habÃa seleccionado y enviado el conde Zurla.