La Cartuja de Parma

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Cinco días más tarde Riscara le devolvía su conde Baldi a la marquesa. Venía éste lleno de arañazos, pues para ahorrar seis leguas de camino, le habían hecho atajar por el monte a lomos de mula. Juraba que no volverían a enredarle para hacer grandes viajes. Baldi le entregó a la marquesa tres copias de la carta que ella le había dictado, y otras cinco o seis cartas con la misma letra, redactadas por Riscara, de las que seguramente podría sacar provecho más adelante. Una de estas cartas estaba llena de bromas sumamente graciosas sobre los miedos nocturnos del príncipe y sobre la lamentable delgadez de la marquesa Balbi, su amante, quien, según decía la carta, cuando se levantaba de alguna butaca, tras haber estado sentada apenas un instante, dejaba en el cojín una marca como la que dejarían unas pinzas. Se habría podido jurar que todas aquellas cartas las habría escrito de su puño y letra la señora Sanseverina.

—Ahora ya estoy segura —dijo la marquesa— de que Fabricio, el amigo del alma, está en Bolonia o en los alrededores…

—¡Yo estoy demasiado enfermo! —la interrumpió el conde Baldi—, imploro la gracia de ser dispensado de ese segundo viaje o, por lo menos, que se me concedan algunos días de reposo para reponerme.

—Abogaré en su favor —le dijo Riscara, que se levantó y se acercó a hablar en voz baja a la marquesa.


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