La Cartuja de Parma

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El general habría coincidido con él en la corte, en casa de la duquesa y en otros sitios, hasta una veintena de veces, pero se guardó mucho de mostrar que lo conocía; temía que ello pudiera comprometerlo.

—Levante acta detallada —ordenó al responsable de la oficina— de la entrega que me hace del prisionero el digno podestá de Castelnovo.

Aquel funcionario, de nombre Barbone, un personaje terrible por el tamaño de su barba y su porte marcial, adoptó unos aires de más importancia que los de costumbre, parecía un carcelero alemán. Tenía la idea de que la duquesa Sanseverina había sido la principal responsable de que su amo, el gobernador, no hubiera llegado a ser ministro de la guerra; así que fue más insolente con el prisionero de lo que solía ser; se dirigía a él utilizando el tratamiento de voi, que es el que suele utilizarse en Italia para dirigirse a los criados.

—Soy prelado de la santa Iglesia romana —le dijo Fabricio con firmeza— y vicario general de esta diócesis y, aunque sólo fuera por mi apellido, tengo derecho a cierta consideración.

—A mí no me consta nada de eso —replicó el funcionario con impertinencia—; pruebe usted eso que dice con documentos que le den derecho a usar esos títulos tan respetables.


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