La Cartuja de Parma

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Fabricio no tenía ningún documento y no contestó. El general Fabio Conti, de pie al lado de su subordinado, miraba cómo escribía éste, sin levantar los ojos al prisionero para no sentirse obligado a decir que era realmente Fabricio del Dongo.

Clelia Conti, que esperaba en el coche, oyó un tremendo y súbito alboroto en el cuerpo de guardia. El funcionario Barbone, que estaba haciendo una descripción insolente y premiosa del prisionero, pidió a éste que se desabrochara la ropa con objeto de poder comprobar y constatar el número y estado de las heridas y rasguños recibidos con ocasión del asunto Giletti.

—No puedo —dijo Fabricio con una sonrisa amarga—; me es imposible obedecer sus órdenes, señor, me lo impiden las esposas.

—¡Cómo! —exclamó el general, con afectada ingenuidad—, ¡el prisionero está esposado!, ¡en el interior de la fortaleza! Esto va en contra del reglamento; para ello se requiere una orden ad hoc; quítenle las esposas.

Fabricio lo miró. «¡Vaya un jesuita! —pensó—; ¡hace una hora que me está viendo con estas esposas que me hacen un daño horrible y se hace el sorprendido!».


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