La Cartuja de Parma

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Le quitaron las esposas los gendarmes, que acababan de enterarse de que era el sobrino de la duquesa Sanseverina, y que se apresuraron a mostrarle una cortesía lisonjera que contrastaba con la grosería del funcionario; molesto éste por ello, le dijo a Fabricio, que estaba inmóvil:

—¡Vamos, vamos! ¡Dese prisa! Enséñenos esos arañazos que le hizo el pobre Giletti, cuando estaba siendo asesinado.

Fabricio se abalanzó de un salto contra Barbone y le dio tal bofetada, que cayó de la silla en que estaba y fue a dar contra las piernas del general. Los gendarmes sujetaron por los brazos a Fabricio, que se había quedado quieto. El mismo general y los dos gendarmes que tenía a cada lado se apresuraron a levantar del suelo al funcionario que tenía mucha sangre en la cara. Dos gendarmes que estaban un poco más allá corrieron a cerrar la puerta de la oficina, no fuera a ser que el prisionero intentara escapar. El brigada que los mandaba pensó que el joven del Dongo no iba a intentar realmente fugarse; al fin y al cabo, estaba dentro de la ciudadela; aun así, por puro instinto de policía, se acercó a la ventana para evitar cualquier desorden. Frente a la ventana abierta, a dos pasos, estaba estacionado el coche del general. Clelia se había arrebujado en el fondo, para no ver la triste escena que se ofrecía en la oficina; pero cuando oyó todo aquel ruido, miró.


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