La Cartuja de Parma

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—¿Qué pasa? —le preguntó al brigada.

—Es el joven Fabricio del Dongo, señorita, que le acaba de dar una buena bofetada al insolente de Barbone.

—¡Cómo! ¿El preso que traen es el señor del Dongo?

—Naturalmente —contestó el brigada—, y por ser de la familia que es le dedican tantas ceremonias al pobre muchacho. Yo creía que la señorita lo sabía.

Clelia no se apartó ya de la portezuela del coche. Cuando los gendarmes que rodeaban la mesa se apartaron un poco, pudo ver al prisionero. «¿Quién iba a decirme a mí —pensaba—, cuando lo conocí junto a la carretera del lago de Como, que la próxima vez que lo fuera a ver iba a ser en estas tristes circunstancias?… Me dio la mano para subir a la carroza de su madre… ¡Y estaba ya con la duquesa! ¿Se remontarán a aquella época sus amores?».

Conviene informar al lector de que en el partido liberal dirigido por la marquesa Raversi y el general Conti era un lugar común la convicción de que entre Fabricio y la duquesa había una relación amorosa. El conde Mosca, al que aborrecían, era objeto de sistemáticas burlas por su condición de engañado.


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