La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «Asà que ahora está encarcelado —pensó Clelia—; ¡encarcelado por sus enemigos! Porque, en el fondo, el conde Mosca, aunque pueda parecer un ángel, estará encantado con esta captura».
Del cuerpo de guardia llegó un estallido de carcajadas.
—¿Qué pasa, Jacobo? —le preguntó sobresaltada al brigada.
—Nada, que el general le ha preguntado ásperamente al prisionero por qué habÃa pegado a Barbone y monsignore Fabricio le ha contestado muy tranquilamente: «Me ha llamado asesino; que muestre los tÃtulos y documentos que le autorizan a darme ese tÃtulo». De eso se rÃen.
Un carcelero que sabÃa escribir sustituyó a Barbone. Clelia lo vio salir, limpiándose con un pañuelo la sangre que le salla abundantemente de una herida terrible. MaldecÃa como un hereje:
—A ese j… Fabricio —gritaba— no lo matará nadie más que yo. Secuestraré al verdugo, etcétera, etcétera.
Se habÃa detenido entre el coche del general y la ventana de la oficina para mirar por ella a Fabricio, y sus maldiciones se multiplicaban.
—Váyase de aquà —le dijo el brigada—; no se jura asà delante de la señorita.