La Cartuja de Parma

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Barbone volvió la cabeza para mirar hacia el interior del coche; su mirada se cruzó con la de Clelia, y ésta dejó escapar un grito de horror. Nunca había visto tan cerca una cara con expresión tan atroz. «¡Matará a Fabricio! —pensó—; tengo que decírselo a don César». Don César era su tío, uno de los curas más respetados de la ciudad. El general Conti, su hermano, le había conseguido el puesto de ecónomo y capellán general de la prisión.

El general volvió al coche.

—¿Quieres volver a tus habitaciones —le dijo a su hija—, o prefieres esperarme, quizá un buen rato, en el patio de palacio? Tengo que ir a informar de todo esto al soberano.

Fabricio salía de la oficina escoltado por tres gendarmes. Lo llevaban a la celda que le habían destinado. Clelia miraba por la portezuela; el prisionero estaba muy cerca de ella. Justo en aquel momento, ella contestaba a la pregunta de su padre con las palabras: «Iré con usted». Cuando Fabricio oyó aquellas palabras tan cerca, volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los de la muchacha. Le impresionó, sobre todo, la expresión de melancolía de su cara. «¡Qué guapa se ha puesto —pensó— desde que la vi cerca de Como! ¡Qué expresión de pensamiento profundo!… No se equivocan cuando la comparan con la duquesa. ¡Qué cara de ángel!».


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