La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Esta idea sembró la desesperación en la muchacha, que tenía un espíritu elevado. «Lo que envilece completamente mi proceder —siguió considerando— es que en aquella otra ocasión, cuando nos vimos por primera vez, también con un acompañamiento de gendarmes, como ha dicho él, era yo la que estaba presa, y él quien me ayudó y me sacó de un gran apuro… Sí, tengo que reconocer que a mi comportamiento no le ha faltado de nada, he sido grosera e ingrata. ¡Ay! ¡Pobre joven! Ahora que ha caído en desgracia, todo el mundo va a ser ingrato con él. Entonces me dijo: “¿Se acordara de mí en Parma?”. ¡Cómo me estará despreciando ahora! ¡Hubiera sido tan sencillo decirle una palabra amable! Tengo que admitir, desde luego, que mi conducta ha sido atroz. Si en aquella ocasión no llega a ser por el generoso ofrecimiento del coche que nos hizo su madre, yo hubiera tenido que seguir a los gendarmes a pie en medio del polvo o, lo que hubiera sido aún peor, montar a la grupa detrás de alguno de aquellos hombres. Entonces era mi padre el que iba detenido y yo estaba indefensa. ¡No, a mi comportamiento no le ha faltado de nada! ¡Y cómo ha debido sentirlo alguien como él! ¡Qué contraste entre su rostro, tan noble, y mi comportamiento! ¡Qué nobleza! ¡Qué serenidad! ¡Qué aspecto de héroe, rodeado de viles enemigos! Ahora comprendo la pasión de la duquesa. Si mantiene ese talante en un acontecimiento tan adverso y que puede tener consecuencias tan espantosas, ¡cuál: no tendrá cuando su alma sea feliz!».


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