La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La carroza del gobernador de la ciudadela estuvo esperando más de una hora y media en el patio de palacio y, aún así, cuando el general bajó de la audiencia del príncipe, Clelia no tenía la sensación de haber tenido que esperar mucho.
—¿Qué ha dispuesto Su Alteza? —preguntó Clelia.
—«¡Cárcel!» ha dicho su boca; y su mirada, «¡Muerte!».
—¡Muerte! ¡Ay Dios mío! —exclamó Clelia.
—¡Vamos! ¡Cállate! —dijo entonces el general de mal humor—. ¡Soy un tonto, haciendo caso a una niña!
En aquel momento, Fabricio estaba subiendo los trescientos ochenta escalones que conducen a la torre Farnesio, la nueva cárcel, construida sobre la plataforma de la gran torre, a una altura prodigiosa. Ni una sola vez había pensado, al menos de un modo preciso, en el gran cambio que acababa de dar su suerte. «¡Qué mirada! —se decía— ¡Cuántas cosas expresaba! ¡Qué compasión tan honda! Parecía que estuviera diciéndome: “¡La vida está tejida de desgracias! ¡No se acongoje usted mucho con esto que le pasa! ¿Acaso no estamos en este mundo para ser desdichados?”. ¡Y sus bellísimos ojos estaban fijos en mí! ¡Incluso cuando los caballos se pusieron en marcha tan estruendosamente bajo la bóveda!».