La Cartuja de Parma

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A Fabricio se le había olvidado completamente su desventura.

Clelia siguió a su padre por distintos salones de la ciudad. Al principio de la velada, nadie conocía aún la noticia de la detención del gran culpable, como dos horas más tarde llamarían los cortesanos a aquel pobre joven imprudente.

Aquella noche podía percibirse más viveza que de costumbre en la cara de Clelia. Pues lo que le faltaba a tan bella muchacha era precisamente la viveza; transmitía la sensación de que no participaba en lo que le rodeaba. Cuando se comparaba su belleza con la de la duquesa, su aire de no emocionarse con nada, su forma de estar aparentemente por encima de todo, hacían inclinar la balanza a favor de su rival. En Inglaterra o en Francia, ese país de la vanidad, probablemente se hubiera opinado de modo contrario. Clelia Conti era una muchacha todavía casi demasiado esbelta; recordaba las figuras de Guido Reni[27]. No ocultaremos que, según los cánones de belleza de la antigua Grecia, a aquella cabeza podrían reprochársele unos rasgos un poco marcados; sus labios, por ejemplo, que tenían una gracia conmovedora, no dejaban de ser algo densos.



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