La Cartuja de Parma

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La extraordinaria singularidad de aquel rostro, que revelaba una gracia ingenua y el sello celestial de un alma nobilísima, estribaba en que, aun siendo de una rarísima belleza, nada tenía que ver con las cabezas griegas. En cambio, la duquesa tenía, un poco en demasía, la conocida belleza del ideal; su cabeza, genuinamente lombarda, recordaba la sonrisa voluptuosa y la melancolía tierna de las bellas Herodías de Leonardo de Vinci Todo lo que tenía la duquesa de vivacidad, de brillantez, de ingenio, un punto malicioso, de apasionamiento —si se me permite hablar así— en su modo de abordar todos los asuntos que la comente de la conversación traía hasta los ojos de su alma, en Clelia era calma y pausa para la emoción, ya fuera por desprecio de cuanto la rodeaba, ya fuera por añoranza de alguna quimera ausente. Durante mucho tiempo se creyó que acabaría por abrazar la vida religiosa. A sus veinte años, dejaba ver la repugnancia que le producían los bailes y si, acompañando a su padre, iba a los mismos, era por obediencia, por no perjudicarlo en sus intereses y en su ambición.






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