La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «¡Y que me haya dado el cielo esta hija, la muchacha más guapa y virtuosa en todos los dominios de nuestro soberano, y no pueda yo —se repetÃa a menudo aquel general de espÃritu vulgar— sacar el menor partido de ello para mejorar mi fortuna! Mi vida es demasiado solitaria, sólo la tengo a ella en el mundo, y necesito perentoriamente una familia que me afiance en el mundo y que me abra las puertas de algunos salones en los que mis méritos y, sobre todo, mi aptitud para ser ministro se planteen como bases indiscutibles desde cualquier planteamiento polÃtico. Pues bien, esta hija mÃa tan guapa, tan razonable, tan piadosa, se descompone en cuanto algún joven bien situado en la corte se propone festejarla. Una vez rechazado el pretendiente, su carácter se hace menos sombrÃo, la veo casi contenta, hasta que un nuevo aspirante se coloca en la lÃnea de salida. Lo ha intentado el hombre más guapo de la corte, el conde Baldi, y ha sido rechazado; el siguiente fue el hombre más rico de los estados de Su Alteza, el marqués Crescenzi, y dice que con él serÃa desgraciada».