La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Los cortesanos, que no tienen nada que ver en sus interiores, están muy atentos a cuanto sucede fuera y se habían percatado de que, precisamente en los días en que a Clelia le era más difícil salir de sus ensueños y fingir interés por algo, a la duquesa le gustaba acercarse a ella e intentaba hacerla hablar. El pelo de Clelia era rubio ceniza y contrastaba en un efecto muy suave con las mejillas suavemente coloreadas, más bien pálidas, por lo general. Le hubiera bastado a cualquier observador atento considerar la forma de la frente para darse cuenta de que aquel aspecto tan noble y aquel ademán tan por encima de los encantos habituales emanaban de un real desinterés por todo lo vulgar. Se trataba de una ausencia de interés por las cosas, no de una imposibilidad de tal interés. Desde que su padre era gobernador de la ciudadela, Clelia se encontraba feliz o, por lo menos, no se encontraba a disgusto, en sus habitaciones altísimas. La terrible cantidad de escalones que había que subir para llegar al palacio del gobernador, situado en la plataforma de la gran torre, alejaba a las visitas molestas; tal era la causa, puramente material, por la que Clelia gozaba de una libertad conventual. En tal circunstancia encontraba casi la plenitud del ideal de felicidad que, durante una época de su vida, había pensado buscar en la vida religiosa. Le inspiraba una especie de horror el mero pensamiento de poner su querida soledad y sus pensamientos íntimos a disposición de un joven a quien el título de marido autorizaría a turbar toda aquella vida interior. Si la soledad no era una vía de la felicidad, por lo menos le había servido para evitar las sensaciones demasiado dolorosas.


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