La Cartuja de Parma

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El día en que llevaron a Fabricio a la fortaleza, la duquesa vio a Clelia en el salón del ministro del interior, el conde Zurla. Todo el mundo se arracimaba alrededor de ellas dos. Aquella noche la belleza de Clelia superaba a la de la duquesa. Había en los ojos de la muchacha una expresión tan singular y tan profunda que los hacían casi indiscretos. Reflejaban piedad en sus miradas, pero también indignación y cólera. La alegría y la brillantez de las ideas de la duquesa parecían sumir a Clelia en un estado de dolor que rozaba el horror. «¡Qué gritos no proferirá esta pobre mujer, qué gemidos, cuando se entere de que su amante, ese joven de tan gran corazón y de figura tan noble, acaba de ser arrojado a la cárcel! ¡Y esa mirada del soberano que lo está condenando a muerte! ¡Ay, poder absoluto, cuándo dejarás de oprimir a Italia! ¡Tantas almas viles y venales! ¡Y que yo sea la hija de un carcelero, que no me haya atrevido a negar tan aristocrática condición cuando no me he dignado a contestar a Fabricio, a él, que en una ocasión fue mi benefactor! ¿Qué pensará ahora de mí, en su celda, con una lamparilla como única compañía?». Trastornada con esta idea, Clelia dejaba discurrir una mirada espantada por la magnífica iluminación de los salones del ministro del interior.




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