La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Jamás —se comentaba en el cÃrculo de cortesanos que se formaba alrededor de las dos bellezas de moda y que trataba de mezclarse en su conversación—, jamás se habÃan hablado tan animadamente y con tanta intimidad. ¿EstarÃa la duquesa —siempre vigilante para conjurar los odios que suscitaba el primer ministro— pensando en concertar algún matrimonio importante para Clelia? Abonaba esta conjetura un dato que nunca hasta entonces se habÃa presentado a la observación de la corte; en los ojos de la muchacha habÃa más fuego y más pasión, incluso, si cupiera hablar asÃ, que en los de la bella duquesa. Ésta, por su parte, estaba asombrada y puede decirse, en honor suyo, que encantada con aquella gracia nueva que descubrÃa en la solitaria joven. HacÃa ya más de una hora que la contemplaba experimentando un placer que muy rara vez habÃa sentido contemplando a una rival. «¿Qué pasa? —se preguntaba la duquesa—; nunca ha estado Clelia tan guapa, ni ha tenido un aire tan conmovedor. ¿Habrá hablado su corazón?… Si ha sido asÃ, no hay duda de que es un amor desgraciado, pues en el fondo de esa vivacidad tan nueva hay un dolor sombrÃo… ¡Pero los amores desdichados son silenciosos! ¿Será que trata de volver a interesar a algún inconstante mediante un triunfo en sociedad?». Y la duquesa miraba con la mayor atención a los jóvenes que habÃa por allÃ. Por ninguna parte vio ninguna expresión especial, todas las miradas eran las habituales de fatuidad más o menos satisfecha. «Aquà hay algo milagroso —seguÃa diciéndose la duquesa, incómoda por no poder adivinar lo que pasaba—. ¿Dónde está el conde Mosca, que es tan listo? No, no me equivoco en absoluto, Clelia me mira con atención y como si yo despertara en ella un interés absolutamente nuevo. ¿Será por orden de su padre, ese vil cortesano? Yo pensaba que esta alma noble y joven serÃa incapaz de rebajarse a los intereses del dinero. ¿Tendrá el general Fabio Conti que hacerle alguna petición decisiva al conde?».