La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma A eso de las diez, un amigo de la duquesa se acercó hasta ella y le dijo algo en voz baja; ella se puso muy pálida; Clelia le tomó la mano y se atrevió a apretársela.
—Se lo agradezco; ahora la entiendo… ¡Tiene usted un alma bella! —dijo la duquesa, sobreponiéndose con dificultad; apenas tenÃa fuerza para pronunciar aquellas pocas palabras. Sonrió muy visiblemente a la dueña de la casa, que se levantó para acompañarla hasta la puerta del último salón. Tales honores sólo se rendÃan a las princesas de nacimiento y a la duquesa le parecieron un cruel contrasentido con su posición actual. Sonrió, pues, largamente a la condesa Zurla, pero pese a los denodados esfuerzos que hizo no pudo dirigirle una sola palabra.