La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Los ojos de Clelia se inundaron de lágrimas al ver pasar a la duquesa por aquellos salones, llenos en aquel momento de la sociedad más brillante de Parma. «¿Cómo se sentirá esta pobre mujer —pensaba— en cuanto se vea sola en su coche? ¿Será una indiscreción si me ofrezco a acompañarla? No me atrevo… ¡Cómo le consolarÃa al pobre preso, sentado en alguna espantosa celda, acompañado sólo por su lamparilla, saber hasta qué punto es amado! ¡En qué espantosa soledad lo han hundido! ¡Y nosotros aquÃ, en estos salones tan brillantes! ¡Qué horror! ¿HabrÃa algún modo de hacerle llegar unas palabras? Aunque eso serÃa traicionar a mi padre; ¡está en una situación tan delicada, entre los dos partidos! ¿Qué le podrÃa pasar si quedara expuesto al odio apasionado de la duquesa, que dispone de la voluntad del primer ministro, dueño y señor, a su vez, de las tres cuartas partes de los asuntos del estado? Además el prÃncipe se ocupa personalmente de todo lo que pasa en la fortaleza y no admite la menor broma sobre esa cuestión; el miedo hace cruel a la gente… ¡En cualquier caso Fabricio (Clelia no lo llamaba ya Sr. del Dongo) es mucho más digno de lástima!… ¡Él está en un peligro mucho mayor que el de perder un puesto lucrativo!… ¿Y la duquesa?… ¡Qué pasión tan terrible, el amor!… ¡Y, sin embargo, todos esos embaucadores mundanos hablan de él como de una fuente de felicidad! ¡Las mujeres mayores dan lástima porque ya no pueden sentir o inspirar amor!… ¡Nunca olvidaré lo que acabo de ver; qué súbita transformación! ¡Qué tristes, qué apagados se han quedado los ojos de la duquesa, tan bellos un instante antes, tan radiantes, cuando el marqués N*** le ha dado la noticia fatal!… ¡Debe ser muy digno de ser amado Fabricio!…».