La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma En medio de aquellas serias reflexiones, que ocupaban enteramente su espíritu, las frases ingeniosas y los cumplidos que no habían dejado de decirle le parecieron aún más desagradables que de costumbre. Para librarse de ellos, se acercó a una ventana abierta, a medias tapada por una cortina de tafetán; confiaba en que nadie tuviera el atrevimiento de seguirla hasta aquella especie de retiro. La ventana daba a un pequeño naranjal que durante el invierno se cubría con un tejadillo. A Clelia le pareció delicioso el aroma de sus flores; era como si aquel placer devolviera alguna paz a su alma… «Es verdad que tiene un aspecto muy noble —pensaba—, ¡pero inspirar semejante pasión en una mujer tan distinguida!… Ella ha tenido la grandeza de rechazar los agasajos del príncipe; si se hubiera dignado aceptarlo, habría sido la reina de sus estados… Dice mi padre que la pasión del soberano era tan fuerte que se hubiera casado con ella si hubiera sido libre… ¡Y este amor por Fabricio dura desde hace tanto tiempo! ¡Sí —se siguió diciendo tras unos instantes de reflexión—, fue hace cinco años. Ya me maravilló el hecho entonces, cuando tantas cosas pasaban ante mí sin que mis ojos de niña pudieran verlas! ¡Qué admiración parecían tener aquellas dos señoras por Fabricio!…».