La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma A Clelia le complació comprobar que ninguno de los jóvenes que con tanta insistencia la requebraban se había atrevido a acercarse al balcón. Uno de ellos, el marqués Crescenzi, había dado unos pasos en aquella dirección, pero se había detenido cerca de una mesa de juego. «Si yo tuviera desde mi ventanita del palacio de la fortaleza —pensaba—, la única con sombra, una vista como ésta, con unos naranjos tan bonitos, mis ideas serían menos tristes; pero el único paisaje que tengo son las enormes piedras de la torre Farnesio… ¡Ay —exclamó, estremecida—, será allí donde seguramente lo han metido! A ver si puedo hablar con don César; seguro que es menos severo que el general. Por descontado que mi padre no me dirá nada cuando volvamos a la fortaleza, pero don César me lo contará todo… Tengo dinero; podría comprar algunos naranjos y colocarlos debajo de la ventana de mi jaula, así me taparían el grueso muro de la torre Farnesio. Me va a parecer mucho más odioso ahora que conozco a una de las personas a las que priva de luz… Sí, es la tercera vez que lo veo; una vez en la corte, en el baile de cumpleaños de la princesa; otra, hoy, rodeado de gendarmes, mientras ese horrible Barbone pedía que le pusieran las esposas; y, ¡bueno!, en el lago de Como… Hace ya cinco años de eso; ¡qué pinta de travieso tenía entonces! ¡Con qué cara miraba a los gendarmes y qué miradas tan singulares le dirigían a él su madre y su tía! Sin duda aquel día ocultaban algo, tenían algún secreto suyo… Durante mucho tiempo, pensé que él tenía miedo de los gendarmes… —Clelia volvió a estremecerse—. ¡Qué pocas cosas sabía! Seguramente, ya entonces la duquesa tenía un interés especial en él… ¡Cuánto nos hizo reír al poco rato, cuando aquellas señoras, a pesar de su evidente preocupación, se habituaron un poco a la presencia de una extraña!… ¡Y esta noche no he sido capaz de contestar a las palabras que me ha dirigido!… ¡Ay, ignorancia y timidez, cuántas veces tomáis la apariencia de los sentimientos más negros! ¡Y tengo ya más de veinte años!… ¡No me equivocaba cuando pensaba meterme en el convento! La verdad es que estoy hecha para la vida retirada. “¡Digna hija de un carcelero!”, habrá pensado él. Me desprecia; en cuanto pueda escribir a la duquesa, le comentará mi falta de delicadeza, y la duquesa pensará que soy una niña hipócrita, después de que esta noche haya podido pensar que era muy sensible a su desgracia».