La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Clelia se dio cuenta de que se acercaba alguien con la intención, aparentemente, de ponerse a su lado en aquel balcón de hierro. Le molestó y al mismo tiempo se reprochó sentirse molesta. Aquellos pensamientos de los que el importuno venía a sacarla no carecían de cierta dulzura. «¡Este inoportuno se va a encontrar con un bonito recibimiento!» —se dijo. Estaba ya volviendo la cabeza con una mirada altiva, cuando vio el rostro tímido del arzobispo que se acercaba al balcón con unos pasos leves. «Este santo varón carece de mundo —se dijo Clelia— ¿A santo de qué venir a molestar a una pobre chica como yo? Lo único que tengo es mi tranquilidad».
Iniciaba ya un saludo respetuoso, aunque no carente de distancia altiva, cuando el prelado le dijo:
—¿Se ha enterado de la horrible noticia, señorita?
Los ojos de la joven habían cambiado ya completamente de expresión; pero siguiendo órdenes cien veces repetidas de su padre, contestó aparentando una ignorancia que su mirada contradecía abiertamente:
—No sé nada, monseñor.