La Cartuja de Parma

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Capítulo vigésimo

Una noche, a eso de la una de la madrugada, Fabricio estaba echado bajo su ventana, había sacado la cabeza por el ventanuco que había practicado en la pantalla y estaba mirando las estrellas y el inmenso horizonte que se divisa desde lo alto de la torre Farnesio; dejaba vagar sus ojos por la campiña, hacia el bajo Po y Ferrara, cuando casualmente se fijó en una luz muy pequeña, pero muy viva, que parecía brillar en lo alto de una torre. «Lo más probable es que esa luz no se pueda ver desde abajo —se dijo Fabricio—, la anchura de la torre impedirá que se vea; debe ser alguna señal destinada a un punto lejano». Súbitamente se dio cuenta de que la luz aparecía y desaparecía a intervalos muy cortos. «Ésa es alguna chica que se comunica con su amante del pueblo de al lado». Contó nueve destellos sucesivos: «Ésa debe ser una “i” —se dijo—, que es la novena letra del alfabeto». Luego, tras un breve intervalo, hubo catorce destellos: «Ésa es una “n”»; después, tras otro intervalo, un solo destello: «Ésa es una “a”; la palabra es Ina».

Su alegría y su asombro fueron indescriptibles, cuando los siguientes destellos, separados todas las veces por breves pausas, completaron las siguientes palabras:

INA PIENSA EN TI

Evidentemente Gina piensa en ti.


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