La Cartuja de Parma

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En definitiva, Fabricio no vio en la carta de Clelia más que la ocasión de pedirle una entrevista. Tal era el único y constante objeto de su deseo. Sólo le había hablado una vez, y apenas unos instantes, en el momento de su ingreso en la cárcel, y de eso hacía ya más de doscientos días.

Había un medio fácil para aquel posible encuentro con Clelia. El buen abate don César tenía a bien dar un paseo de media hora con Fabricio por la terraza de la torre Farnesio todos los jueves cuando todavía había luz. Los demás días de la semana, el paseo, que podría ser visto por todos los habitantes de Parma y de los alrededores y comprometer, así, seriamente al gobernador, sólo tenía lugar cuando dejaba de haber luz. Para subir a la terraza de la torre Farnesio no había más escalera que la de un pequeño campanario que dependía de la capilla un lúgubremente ornamentada en mármol negro y blanco, que seguramente recordará el lector. Llevaba Grillo a Fabricio hasta esta capilla, le abría la escalerilla del campanario y, aunque su deber hubiera sido seguirlo, como las noches empezaban a ser frescas, el carcelero lo dejaba subir solo, lo encerraba con llave en el campanario, que estaba comunicado con la terraza, y se volvía al calor del cuarto. Pues bien, ¿no podría Clelia encontrarse una noche, escoltada por su doncella, en la capilla de mármol negro?


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