La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma En aquella época de desventuras, hacÃa ya casi un año, la duquesa habÃa conocido a un personaje singular. Un dÃa que tenÃa la luna, como se dice en la región, se habÃa ido repentinamente, a la caÃda de la tarde, a su castillo de Sacca, que está un poco más allá de Colorno, en la colina que domina el Po. Se complacÃa en mejorar aquella heredad. Le gustaba el extenso bosque que corona la colina y llega hasta el castillo; se ocupaba de que abrieran caminos en direcciones pintorescas.
—Un dÃa la van a secuestrar a usted los bandidos, mi bella duquesa —le dijo en cierta ocasión el prÃncipe—; es imposible que no haya nadie en un bosque en el que esté usted paseándose sabiéndolo la gente —y, al decir esto, el prÃncipe miraba al conde, pues querÃa provocarle celos.
—Cuando paseo por mis bosques, Alteza SerenÃsima —respondió la duquesa con un tono ingenuo—, no tengo ningún miedo; y lo que me tranquiliza es la siguiente idea: «¿Quién podrÃa odiarme, si no he hecho mal a nadie?».
Se consideró que la respuesta era atrevida; recordaba las injurias proferidas por los liberales del paÃs, gente muy insolente.
