La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma »Mañana, amiga mía, antes de que yo dé ese paseo, hágase anunciar al príncipe y dígale: “Ayer por la noche le presté un servicio de ministro: le aconsejé a usted. Y, por seguir sus órdenes, la princesa se ha enfadado conmigo; debe usted compensarme”. Pensará que va a hacerle usted una petición de dinero y fruncirá el ceño. Usted lo dejará sumido en tan desdichada idea todo el tiempo que le sea posible. Luego le dice: “Ruego a Vuestra Alteza que Fabricio sea juzgado contradictoriamente (lo que quiere decir estando él presente) por los doce jueces más respetados de sus estados”. Y, sin más dilación, le presenta usted una orden escrita por su preciosa mano que le voy a dictar ahora mismo. Naturalmente incluiré una cláusula derogatoria de la sentencia anterior. A esto le puede poner una objeción, pero si usted lleva el asunto con calor, al príncipe no se le ocurrirá. Él podría decirle: “Es necesario que Fabricio se entregue como prisionero en la ciudadela”. A lo que usted contestaría: “Se entregará como prisionero en la cárcel de la ciudad” (ya sabe usted que es de mi jurisdicción, o sea, que todas las noches irá su sobrino a verla). Sí el príncipe le respondiera: “No, su fuga ha quebrantado el honor de mi ciudadela y quiero, para salvar las formas, que vuelva a la celda en que estaba”, usted le contestaría entonces: “No, porque allí estaría a disposición de mi enemigo Rassi” y, echando mano de una de esas frases femeninas que tan bien sabe usted utilizar, podría darle a entender que, para imponerse a Rassi, usted podría llegar a contarle el auto de fe de esta noche; y, si insiste, le anuncia usted que se va a pasar quince días al castillo de Sacca.