La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma El gobernador Fabio Conti se había puesto lívido de ira cuando vio al general Fontana. Se tomó tanto tiempo para obedecer la orden del príncipe, que el ayudante de campo, que suponía que la duquesa iba a ocupar el puesto de amante oficial, había acabado por enfadarse. El gobernador contaba con hacer durar la enfermedad de Fabricio dos o tres días, y «Mira por dónde —se dijo—, el general, un cortesano, se va a encontrar a ese insolente debatiéndose en los dolores que me vengan de su fuga».
Fabio Conti, muy pensativo, se detuvo en el cuerpo de guardia de la planta baja de la torre Farnesio y ordenó a los soldados que desalojaran el lugar, no quería testigos de la escena que iba a ofrecerse. Cinco minutos más tarde, cuando oyó hablar a Fabricio y lo vio vivo y despierto, describiéndole al general Fontana la prisión, se quedó petrificado de asombro. Desapareció de allí.
En su encuentro con el príncipe, Fabricio se mostró como un perfecto gentleman. Antes que nada, no quería en absoluto dar la imagen de un niño que se asusta por cualquier insignificancia. Cuando el príncipe le preguntó amablemente cómo se encontraba, le contestó:
—Como un hombre, Alteza Serenísima, que se muere de hambre, pues, afortunadamente, ni he comido ni he cenado.