La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Tras manifestar que era para él un honor dar las gracias al príncipe, pidió permiso para ver al arzobispo antes de presentarse en la cárcel de la ciudad. En aquel instante, en la infantil inteligencia del príncipe se abrió paso la idea de que la del veneno no había sido más que una quimérica imaginación de la duquesa; se puso mortalmente pálido. Absorto en aquel pensamiento cruel, no respondió enseguida a la petición de ver al arzobispo que le hacía Fabricio; luego, sintiéndose obligado a reparar su distracción, le concedió multitud de gracias.
—Salga solo, señor, vaya por las calles de mi capital sin vigilancia alguna. A eso de las diez o las once, preséntese en la cárcel, donde espero que no esté usted mucho tiempo.
Al día siguiente de aquella gran jornada, la más memorable de su vida, el príncipe se creía un pequeño Napoleón. Había leído que el gran hombre había tenido el favor de algunas de las mujeres más guapas de su corte. Tras sentirse Napoleón por aquella clase de fortuna, se acordó de que también se había enfrentado a las balas. Tenía el corazón aún encandilado con la firmeza de su comportamiento con la duquesa. La conciencia de haber hecho algo muy difícil lo convirtió en otro hombre durante quince días; mostró una especial sensibilidad a los razonamientos generosos; fue un hombre enérgico.