La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Se había dado cuenta perfectamente de que Fabricio tenía una ventana enfrente del palacio Contarini; pero sólo había tenido la desgracia de mirarlo una vez; en cuanto creía ver un rostro o una figura masculina que le recordara a la suya, cerraba los ojos. No tenía ahora otros recursos que su piedad profunda y su confianza en la ayuda de la Madona. Tenía el pesar de no sentir afecto por su padre; el carácter de su futuro marido le parecía perfectamente insustancial, muy a la medida del modo de ver las cosas de la alta sociedad. Y, por último, adoraba a un hombre al que no debía volver a ver jamás, y que, sin embargo, tenía derechos sobre ella. El futuro en su conjunto se le presentaba como una desgracia completa, y hemos de confesar que no se engañaba. Le hubiera convenido irse a vivir a doscientas leguas de Parma tras su boda.