La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio conocía la sincera modestia de Clelia; sabía muy bien que cualquier acto extraordinario que pudiera convertirse en comidilla en caso de ser descubierto la disgustaría con toda seguridad. Aun así, empujado por aquella extremada melancolía suya y por aquellas miradas de Clelia sistemáticamente apartadas de él, intentó ganarse a dos criados de la señora Contarini, la tía de Clelia. Un día, a la caída de la tarde, Fabricio, vestido de labrador rico, se presentó en la puerta del palacio, donde le esperaba uno de los criados sobornados. Se anunció como procedente de Turín y portador de dos cartas del padre de Clelia. El criado lo condujo a una inmensa antesala del primer piso del palacio y fue a llevar el recado. Probablemente fue en aquella estancia donde Fabricio pasó el cuarto de hora de mayor ansiedad de toda su vida. Si Clelia lo rechazaba, ya no habría nunca esperanza ni tranquilidad para él. «Cortaré de raíz con las inoportunas cargas con que me agobia mi nueva dignidad y libraré a la iglesia de un mal sacerdote; me refugiaré en una cartuja con un nombre supuesto». Finalmente volvió el criado y le anunció que la señorita Clelia Conti lo recibiría Nuestro héroe perdió completamente el valor; a punto estuvo de caerse de miedo cuando subía las escaleras del segundo piso.
Clelia estaba sentada ante una mesita, sin otra luz que la de una vela. En cuanto reconoció a Fabricio tras su disfraz, corrió a esconderse al fondo del salón.