La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¿Asà es como vela usted por mi salvación? —le gritó, tapándose la cara con las manos—. Sabe muy bien que; cuando mi padre estuvo a punto de morir envenenado, prometà a la Madona no volver a verlo. Sólo he faltado a mi promesa un dÃa, el más desdichado de mi vida, cuando creà en conciencia que debÃa arrebatarlo a usted a la muerte. Ya es mucho, si, por una interpretación forzada y, sin duda, inicua, consiento en oÃrle a usted.
Esta última frase sorprendió de tal modo a Fabricio que necesitó unos segundos para alegrarse con ella. Se habÃa esperado un estallido de ira y la huida de Clelia. Finalmente recuperó la presencia de ánimo y apagó aquella única vela. Aunque creÃa haber interpretado bien los deseos de Clelia, temblaba como un azogado mientras se acercaba al fondo del salón donde se habÃa escondido ella tras un canapé. Vacilaba pensando si la ofenderÃa besándole la mano, cuando ella, estremecida de amor, se arrojó en sus brazos.