La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¡Fabricio querido! —le dijo—, ¡cuánto has tardado en venir! Sólo puedo hablar contigo un instante, porque estoy convencida de que esto es un pecado muy grande; estoy segura de que cuando prometà no verte nunca estaba prometiendo también no hablar contigo en absoluto. ¿Cómo has podido perseguir con tanta saña la idea de venganza que tuvo mi pobre padre si, a fin de cuentas, fue a él a quien casi envenenan para facilitar con ello tu huida? ¿No te parece que tendrÃas tú que hacer algo por mÃ, después de que he expuesto tanto mi buen nombre para salvarte? Además, ahora ya estás totalmente vinculado a las órdenes sagradas; no podrÃas casarte conmigo, aun cuando yo encontrara un modo de alejar a ese odioso marqués. ¿Y cómo te atreviste a verme a plena luz, la tarde de la procesión, violando del modo más escandaloso la santa promesa que habÃa hecho yo a la Madona?
Fabricio, estrechándola entre sus brazos, no cabÃa en sà de asombro y felicidad.