La Cartuja de Parma

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Un encuentro que empezaba con tal cantidad de cosas que decirse tenía que durar mucho tiempo. Fabricio le contó la verdad exacta del destierro de su padre. La duquesa no se había inmiscuido en absoluto en aquel asunto, por la sencilla razón de que en ningún momento había creído que la idea del veneno fuera del general Fabio Conti; siempre había pensado que aquella había sido una argucia estratégica de la facción Raversi con el propósito de expulsar al conde Mosca. Esta verdad histórica, minuciosamente desarrollada, dejó a Clelia muy contenta; la apenaba tener que odiar a alguien que fuera tan cercano a Fabricio. Ya no tenía celos de la duquesa.

La felicidad que obró aquella velada sólo duró unos pocos días.

Don César, aquel excelente sacerdote, volvió de Turín y, sacando coraje de la absoluta honestidad de su corazón, se atrevió a presentarse ante la duquesa. Tras haberle pedido que no abusara de la confidencia que le iba a hacer, le confesó que su hermano, engañado por un falso concepto del honor, habiéndose creído desafiado y deshonrado por la evasión de Fabricio, había creído que era su deber vengarse.

No había hablado dos minutos don César, y ya tenía ganada la causa. Su virtud sin fisuras había emocionado a la duquesa, nada acostumbrada a un espectáculo semejante. Aquella novedad le encantó.


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