La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Los deberes del coadjutor lo habían llamado a Parma; pero declaró que, por motivos de piedad, continuaría su retiro en el pequeño apartamento que monseñor Landriani, su protector, le había obligado a tomar en el arzobispado. Y allí fue a encerrarse, acompañado únicamente de un criado. De manera que no asistió a ninguna de aquellas fiestas tan brillantes de la corte, lo que le valió en Parma y en su futura diócesis una extraordinaria reputación de santidad. Como efecto inesperado de aquel retiro, inspirado únicamente por su honda tristeza y su desesperanza, el buen arzobispo Landriani, que siempre había querido a Fabricio —de hecho, había sido él quien había tenido la idea de hacerlo su coadjutor—, empezó a tener celos de él. El arzobispo creía atinadamente que debía asistir a todas las fiestas de la corte, como es costumbre en Italia. En tales ocasiones se ponía sus ropajes de gran ceremonia, que eran, poco más o menos, los mismos que se le podían ver en el coro de la catedral. Los centenares de criados, reunidos en la antecámara de las columnas del palacio, no dejaban de levantarse y pedir la bendición a monseñor, que se complacía en detenerse e impartirla. En uno de aquellos momentos de solemne silencio, monseñor Landriani oyó una voz que decía: «¡Nuestro arzobispo se va al baile, y monsignore del Dongo no sale de su cuarto!».



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