La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —He visto el retrato de monseñor del Dongo.
Clelia se quedó tan sorprendida que tuvo que apoyarse en el brazo de la butaca. Trató de enfrentarse a aquel temporal, pero muy pronto se vio obligada a abandonar la estancia.
—Hay que reconocer, mi pobre Gonzo, que posee usted una extraña torpeza —exclamó desdeñosamente un oficial que iba ya por su cuarto helado—. ¿No sabe usted que el coadjutor —por cierto, uno de los coroneles más valientes de Napoleón— le jugó tiempo atrás una malísima pasada al padre de la marquesa, marchándose de la ciudadela que mandaba el general Fabio Conti como si se marchara de la Steccata (la principal iglesia de Parma)?
—Es verdad, mi querido capitán, ignoro muchísimas cosas, no soy más que un pobre imbécil que me paso el día metiendo la pata.