La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma En Italia son excelentes tales sonetos; es el único género literario que aún alienta un poco, probablemente porque no está sometido a censura. Los cortesanos de la casa Crescenzi anunciaban siempre el soneto con las mismas palabras: «¿Marquesa, tiene la bondad de permitirme recitar ante su presencia un soneto muy malo?». Y si el soneto hacía reír y llegaba a repetirse dos o tres veces, siempre había algún oficial que exclamaba: «¡El señor ministro de policía tendría que ocuparse de ahorcar un poco a los autores de semejantes infamias!». La sociedad burguesa, no obstante, acoge estos sonetos con la admiración más franca y los oficiales de los procuradores venden copias de los mismos.
Dada la curiosidad que mostraba la marquesa, Gonzo se imaginó que se había celebrado demasiado la belleza de la pequeña Marini, que además tenía una fortuna de un millón, o sea, que estaba celosa. Y como, con su sonrisa fija y su absoluta desfachatez con quien no fuera noble, Gonzo entraba en todas partes, al día siguiente se presentó en el salón de la marquesa, con el sombrero de plumas colocado del modo triunfal que sólo cuando el príncipe le había dicho «Adiós, Gonzo», o sea, una o dos veces al año, podía vérsele.
Tras saludar respetuosamente a la marquesa, Gonzo no se retiró, como era costumbre, para ir a sentarse a la butaca que acababan de adelantarle. Se puso en mitad del círculo y exclamó brutalmente: