Lamiel

Lamiel

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Por ejemplo, una tarde que la duquesa se disponía a ir en coche con el abate Clément, a pasar la velada en la choza de los Hautemare, llegó en la diligencia de París una caja enorme, que el abate tuvo la complacencia de abrir. Era un magnífico retrato; sólo el marco valía varios miles de francos. El retrato era de Fedor de Miossens, hijo único de la duquesa, con el uniforme de la Escuela Politécnica. La duquesa, a pesar del miedo atroz que tenía a la humedad, hizo abrir el landeau. Quería enseñar aquel retrato a la simpática Lamiel, y no se atrevía en cierto modo a entregarse a su entusiasmo antes de conocer el parecer de la encantadora criatura que reinaba en su corazón. Ya en el cuarto de Lamiel, la duquesa se entregó a los más exagerados elogios, pero interrogando con los ojos a su favorita; la favorita no decía nada. Después de muchas palabras que pedían una respuesta, la duquesa, impaciente, tuvo por fin que preguntar directamente a Lamiel qué le parecía aquel retrato. Lamiel miraba con admiración los detalles del marco; ante la pregunta de la duquesa, miró apenas con ojos distraídos al personaje pintado y luego dijo, simplemente y sin malicia, que la fisonomía del joven soldado le parecía insignificante. A pesar de las maneras modestas y la contención habitual del abate Clément, esta ingenuidad fue demasiado imprevista para el poco mundo que él había podido adquirir; soltó una carcajada, y la duquesa, por no enfadarse y, sobre todo, por no enfadar a su favorita, optó por imitarle. Aquella encantadora ingenuidad impresionó y sedujo al pobre abate Clément, ya medio asfixiado por el tono de falsedad de todos los instantes que se imponía en aquella pequeña torre. Y sin darse cuenta, el pobre abate Clément se enamoró de Lamiel.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker