Lamiel
Lamiel En la época de la inauguración de la torre murió el cura de un pueblecito cercano al castillo de Miossens, y el arzobispo de Rúan, por recomendación de la duquesa, dio este pequeño curato al abate Clément, sobrino de madame Anselme, ama de llaves del castillo y omnipotente antes de la llegada de la pequeña Lamiel. Este joven sacerdote, muy pálido, muy piadoso, muy instruido, era alto, delgado y más que medio tísico, pero tenía un defecto terrible para su profesión: era muy inteligente. A pesar de lo humilde de su origen y en virtud de una inteligencia que, entre dos partidos, le hacía siempre elegir el mejor, no tardó en ser el personaje esencial en el salón de la duquesa de Miossens. Empezaron por hacerle comprender, sin demasiados miramientos, que cuando, a los veinticuatro años, le dieron un curato que rentaba lo menos ciento cincuenta francos, contaban con que correspondería con una fidelidad sin límites. La duquesa llevó al joven sacerdote a la choza en que vivía Lamiel. Le impresionó el encanto que había en la coincidencia de una inteligencia viva, audaz y de gran alcance unida a una ignorancia casi total de casi todas las cosas de la vida y a un alma perfectamente cándida.
