Lamiel
Lamiel La sala del segundo piso, destinada a Lamiel, quedó preciosa, y Lamiel dijo al doctor que ella quería habitarla. En vano el doctor le pidió de rodillas que tuviera en cuenta que aquella habitación, muy húmeda, haría enfermar a una persona fuerte como una labradora, y ella tenía ya la frágil salud de una mujer del gran mundo. Lamiel se mostró inflexible. El doctor pensó que hacía ya cinco meses que la paciente vanidad de la bonita normanda aprendía siempre algo nuevo del doctor; el doctor tenía siempre razón; la inteligencia de Lamiel estaba siempre en una posición inferior con respecto a la del doctor. El talento prudente de Sansfin realizó algunas pruebas, hasta que por fin comprobó el verdadero principio del capricho de aquella niña. «¡Ya la vanidad, ya el orgullo de su sexo! —exclamó—. Tendré que apresurarme a ceder, porque, si no, pongo aquí el germen de una aversión que puede desarrollarse en los buenos años de esta encantadora criatura cuando llegue la época en que su conquista será una cosa verdaderamente agradable para un pobre contrahecho como yo».